La Patrona de Algeciras en la pluma de Celia Torres “Taracea-Conservación y Restauración”

Independientemente de la postura o creencia religiosa que apoyemos -ya sea creyente, agnóstica o atea, entre las grandes clasificaciones que actualmente existen- nadie podrá negar la delicadeza y elegancia de la talla genovesa que conforma la Virgen de Nuestra Señora de la Palma. Prueba de ello fue la devoción mostrada por la gran marea de algecireños que la acompañaron en su salida procesional este año. Esta procesión ha sido la culminación del trabajo y estudio de muchos profesionales y fieles que han volcado su esfuerzo e interés histórico-artístico para que así fuese posible, poniéndole de nuevo al servicio del pueblo que la acogiera, como bien cuenta su leyenda.

Hace unos años, para poder finalizar mis estudios en Conservación y Restauración en la universidad de Sevilla, me vi en la obligación de escoger una temática para el trabajo final de carrera. Una decisión difícil, ya que tenía que ser un tema poco conocido, atractivo e interesante, una línea de investigación original que me permitiera plasmar todos los conocimientos y técnicas aprendidos durante mi etapa educativa. Mientras que la mayoría de mis compañeros se centraron en las obras artísticas más representativas de Sevilla, yo lo tuve claro desde el principio. Quería dirigir mis esfuerzos hacia el redescubrimiento de la que posiblemente es una de las esculturas más icónicas de nuestra ciudad: la Virgen de Nuestra Señora de la Palma.

Si bien es cierto que al comenzar la investigación desconocía casi por completo la historia y cultura de mi propia ciudad, no me hizo falta hacer grandes avances para descubrir que Algeciras, bastante infravalorada y castigada por la historia, guarda una gran riqueza en patrimonio histórica, en todas y cada una de sus manifestaciones. Para aquellos lectores a los que esta afirmación le parezca poco fidedigna, me gustaría plasmar aquí una pequeña porción de la gran historia que carga en sus espaldas la Virgen de la Palma.

Corría el año 1931 cuando Nuestra Señora fue víctima de los saqueos y vandalismos propios de la II República al patrimonio religioso, momento en el que la tiraron de su altar, rompiéndose en múltiples fragmentos. Pese a su intervención al año siguiente en Granada por los talleres Navas Parejo, nunca fue igual. La cara ya no era la misma; se dice que la nueva mascarilla se talló con gran maestría a partir de un fragmento de su espalda, de la que se aprecia la cicatriz. Testigo de este momento nos queda una cartela a los pies de la imagen en la que se atestiguan estos hechos, además de las reposiciones y fracturas que se han redescubierto y documentado tras su bajada del altar. Este acontecimiento propició que a partir de los años 50-60 dejase de procesionarse debido a su mal estado de conservación. Con el tiempo, los morteros que unían las diferentes piezas ya no cumplían su función generando riesgo para la imagen. Sumado a ello, la virgen acumuló repintes y suciedad hasta 1998, momento en el que se intervino por la restauradora Laura Guerrero. Hasta este año que se ha verificado su buen estado de conservación a través de unos estudios radiológicos, ha permanecido inamovible de su altar, siendo una sustituta la que procesionaba en su lugar, ya que era imprescindible certificar que, efectivamente, su procesión no le provocaría daño alguno. Solo quedaba eliminar el polvo acumulado y disimular la oxidación de las juntas, fruto del deterioro natural del paso del tiempo. Gracias a todo ello, el pueblo que una vez la recogiera de su travesía a Cádiz, la acogió de nuevo entre sus calles con emoción, orgullo y alegría, al poder sentir de cerca de nuevo a su patrona y alcaldesa perpetua.

Por nuestra parte nos hemos sentido llenos de orgullo y emoción al haber podido participar en un momento histórico para la cultura algecireña; no solo por aportar nuestro granito de arena en el proceso de su puesta en valor, sino también por acompañarla en todo el proceso, partiendo desde su estudio inicial hace dos años, hasta el diagnóstico con las radiografías, las largas noches ayudando a la hermandad con la bajada, subida, montaje, limpieza, adecentamiento y salida procesional como escoltas del libro de reglas por invitación de la hermandad.
Con esto redescubrimos a la Virgen de Nuestra Señora de la Palma, no a su advocación, ya muy distendida en toda la ciudad, si no aquella que hacia 1700 llegara en barco desde las costas de Italia, y que por gracia del destino permaneciese dentro del patrimonio histórico artístico y devocional algecireño, enriqueciendo de esta forma nuestra comarca.

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